FRIDA

Ea, pues vamos con otra película... En Méjico na menos, y con la Esmochá (se sabrá el porqué del nombre más adelante), que no es que tenga las cejas grandes la muchacha (en realidad sólo tiene una ceja), es que el pelo de la cabeza le crece mu abajo, porque ojo al matojo que se calza.

Corría el año 28 y la Esmochá estaba ya en edad de comérselas doblás en el instituto, aunque tu ves la película y dices: esto lo han rodado este año, porque esta gente sigue igual. Con decir que no tienen ni teles, ni arradios; que para amenizar un poco el cotarro y bailar unas piezas tiene que ponerse una a cantar con dos guitarras...

Total, que está la Esmochá en el insti enrollá con un guacho apoyardao cuando se enteran de que el Cocreto (Diego Ribera, un pintor rojo-comunista de la época que compraba la pintura a pares: un bote se lo comía y con el otro pintaba) está por el instituto pintando un retrato de una guarra desnuda. La Esmochá se acerca a verlo y se da cuenta que, entre brochazo y brochazo, bien que le mete to su pincel a la modelo,  y lo mismo le da que llegue en ese momento su mujer a llevarle la comida... él a lo suyo.

La Esmochá se queda chorreandico de las pinturas del hombre, de su brocha y su pincel y de tó, pero el guacho apoyardao con el que sale en el insti le dice: neeeeeeeena arrea que perdemos el autobús!!! Y salen los dos echando ostias de allí.

Aunque el autobús ya se está marchando, consiguen subirse a él, porque lo que ellos llaman autobús es en realidad la fragoneta de los gitanos vendiendo melones a la que le han acoplao un techo y cuatro barrotes, por lo que no tiene mérito que hayan conseguido alcanzarlo teniendo en cuenta que va a 20 por hora como mucho. El caso es que el autobusero va con prisas el hombre y adelanta a otro autobús a 30 por hora (uhhhhh casi se despeinan de la velocidad!!!!!), con tan mala suerte de que al volver a su carril al autobusero le da por girar en una calle y el autobús que acaba de adelantar se lo traga.

Claro, uno piensa viendo como conducen los autobuseros de Madrid: peazo ostión que se han pegao. No queda viva ni la mosca que iba dentro... Pero allí no. El autobús impacta con el otro y se dan un golpe de na. La gente ni se inmuta (notas más y pegas más saltete cuando se para un ascensor en tu piso que lo que notaron ellos). El problema es la inercia: el autobús comienza a arrastrar la fragoneta donde va la Esmochá leeeeeeentamente hacia una fachada. Claro, como esta gente tiene tanta pachorra, todo va a cámara lenta, y como son tan sufridos, que mira que les encanta esto, empiezan a tirarse por el suelo, a echarse unos encima de otros, a pisarse... Pero vamos, todo puro cuento, que desde que impacta un autobús con el otro hasta que el autobús choca con la pared pasan más de 5 minutos, que te da tiempo a echarte una roncaílla y to.

La cosa es que la pobrecica de la Esmochá no se como se las apaña que termina enterrada entre la gente y con los maderos del suelo de la fragoneta clavados por todo el cuerpo, se la llevan al hospital (por decir algo) y la vendan enteríca; no le dejan ni agujero pa mear. Cuando despierta, se da cuenta de que ha estado en coma tres semanas y que no se puede mover de cintura para abajo, así que como allí no existe la rehabilitación, se la llevan a casa a que la siga atendiendo el curandero de turno.

Pasan los días y la Esmochá en la cama, y como se aburre tanto, se dedica a ir pintando cosas que ve: su pie, a ella misma porque le ponen un espejo encima de la cama, el mojón que le deja un perro en la habitación... Y tanto pinta, tanto pinta, que tiene la pobre to los pinceles esmochaícos del tó. Su familia se gasta to los dineros en intentar meterle hierrajos y recolocarle los huesos, y poco a poco comienza a andar otra vez.

Como su familia se ha quedado sin un duro de tanto hierrajo que le han metido, piensa que lo mismo puede meterse al mundo del arte, y bastón en ristre como House (y gastando la misma mala ostia, porque alguien le mandó un whatsapp con esta afoto (enlace) y le sentó como una patá en los cojones), allá que se va a ver al Cocreto, que está pintando otra pared, y le dice: ehhh tu, gordaco!!! baja y me miras estos cuadros tan rebonicos del tó que te he traído!! Y el Cocreto: pos mira, jamía, me vas a dejar el que mejor tengas y, si me gusta, a los paluegos que me paso pa tu casa. Y así fue, le dejó un autorretrato suyo y el Cocreto al ver esa peazo ceja, que era más gorda que una morcilla, se quedo prendaíco del tó y pa su casa que se fue.

Y así pasaron los años y se fueron conociendo ellos, salían juntos en las marchas rojo-comunistas por la ciudad, follaban a la mínima de turno... y un día el Cocreto le dijo: pos ya va siendo hora de arrejuntarnos. Y la Esmochá, que había visto cómo le ponía los cuernos a su exmujer cuando estaba pintando el retrato de la guarra le dijo: pero si tu eres más puto que las gallinas. ¡Ande vas! ¡Pendejo!. Y él le responde: pos mira, yo soy puto, te voy a poner los cuernos con to los matojos que se me pongan a tiro, pero te voy a ser leal. Y la Esmochá, tomando conciencia de que no iba a encontrar otra cosa mejor le dijo: pos ala, ponme el pedrusco en el dedo.

Pero claro, al ser el Cocreto rojo-comunista, mucha palabra y mucha buena intención de boquilla, pero bien que se folló a la hermana de la Esmochá, que por aquel entonces estaba la muchacha mala otra vez, que le dolían muchísimo los huesos cuando iba a llover, y acababa de pasar un aborto, porque claro, con tanto hierrajo como llevaba dentro, fue coger el feto un poco de consistencia y salir a cachos por el chumino. Aunque como allí son tos tan aprovechaos, bien que lo guardó en un tarro con salmuera y lo puso en la mesa del comedor pa decorar. Pero al caso: el Cocreto no le fue leal y ella se separó de él, se cortó el pelo igual que tenía los pinceles (a trasquilones) y se marchó a Francia a vender sus cuadros, que allí le habían dicho los tirafrutas que iba a triunfar y demás.

Cuando regresó de París estaba la pobre echa un siete de los dolores, y la tuvieron que meter en cama otra vez y de vez en cuando pincharle morfina y llamar a la mujer del ramillete de tomillo pa que le conjurara alguna saná, pero esto ya se veía que iba mal y acabó que no podía ni moverse, pero como era cabezona como ella sola, seguía pinta que te pinta... Hasta que un día consiguió su mayor sueño: una exposición en su pueblo, y como el médico-curandero le dijo que no podía salirse de la cama, allá fue ella con su potorro bien gordo y dijo a los criados: ¡chssstttt niños! Que voy a ir a ver mi exposición y me han dicho que no salga de la cama, así que engancháis la cama, con dosel incluido, y ¡arreando!, que llego tarde. Y en la exposición que se plantó.

La Esmochá pasó sus últimos días en la cama petaíca de dolor la pobre. Se volvió a casar con el Cocreto, porque el otro se arrepintió un poco de haberse follao a su hermana mientras que la Esmochá iba a por el pan, y decidió estar con ella y cuidarla. También dejó de beber pintura y adelgazó un huevo. Una noche, la Esmochá le dijo: ea, vente conmigo a la cama, que paece que tengo los riñoncicos helaos... Y cuando el otro se acostó junto a ella, ella le dio una caja y le dijo: ¡Feliz 25 aniversario! Y el Cocreto le dijo: pero si aun faltan dos semanas... Y la Esmochá: ya, pero es que de esta noche yo ya no paso... Y así fue.


FIN

MALÉFICA

Esta entrada va para los niños, que luego decís que no me gustan... Niños! Dejad un rato al cura que recupere líquidos y decidle a vuestros padres que os lean esto antes de iros a dormir!

Érase una vez que se era la Angelina Jolie (la Morro Choto), que vivía to happy de la vida en un piazo rodeá de charcos. La Morro Choto venía ya con los cuernos puestos y pertenecía a uno de los reinos, donde habitaban bichos raros, ramujos que se movían, hadas y polillas. En el otro reino, más normal, había gente del medievo en un castillo grande del copón. Como siempre que hay dos tierras separadas por un rastrojo, había riñas, y los del medievo querían conquistar el piazo con charcas y los del otro reino movían los mojones pa su interés.

La Morro Choto era muy feliz, porque estaba ya en la edad de los primeros pelillos en el coño y había descubierto la compresa con alas, y bueno... Menudos vuelos se pegaba! To el día con las alas pa'rriba y pa'bajo. El resto de bichos estaban acojonaícos porque con tanto vuelo veían que se pegaba una ostia fijo, así que al tener a to el mundo asustado, ella era como la sargenta del piazo.

Un día, apareció un guacho que estaba cogiendo mejillones en la charca, y claro, los ramujos lo arrinconaron porque estaba robando cosas del reino, así que apareció la Morro Choto y le dijo que tirara el bicho al agua, y lo acompañó al rastrojo que separa los reinos. Ambos comenzaron a soltar moquillo por los bajos (no digo chorrear que hay niños), y la Morro Choto no daba para compresas. Así pasa, que como se ponía una encima de la otra (era mu recicladora la chica), con 16 años tenía unas alas del copón.

Pero el guacho resulta que era un espabilao y se enteró de que el rey del castillo quería conquistar el otro reino, y que quien le llevara las alas de la Morro Choto se casaría con su hija y sería el heredero (el rey ya no estaba pa na, como el JuanCar). Total, que el guacho sacó su lado mariquita mala y una noche drogó a la Morro Choto y le arrancó las alas, se las llevó a su rey y éste le casó con su hija y lo proclamó el nuevo rey.

Claro, todo muy bonito hasta que despertó la Morro Choto, que pegó un grito de la ostia cuando vio que le habían quitado las alas y se volvió mala y revenía a más no poder, así que fue al castillo a por sus alas y, como resulta que también era hada y hacía hechizos, enganchó a un cuervo y lo hizo su esclavo, convirtiéndolo durante el resto del cuento en hombre, en perro, en caquita de whatsapp, en dragón... en lo que fuera según le viniese en gana. 

El cuervo le dijo que la reina se había quedado preñá, y que era una niña, así que el día del bautizo se plantó en el castillo y dijo: hombreeeeeeee como no me invitáis!! pos le voy a hacer un regalo a la guacha: a los 16 se va a pinchar con una aguja y se va a quedar durmiendo. Y el rey: Noooo, noooooo, nooooooooooo prprlrlrprp!!! Ten piedaaaaaad!! Y la Morro Choto: pos mira, voy a ser buena: sólo despertará con un besito de amor verdadero.

Los días pasaron y el rey dijo: quita, quita, que la Morro Choto es más mala que un día sin pan; voy a enganchar a la guacha y me la llevo lejos pa que no la vea. Y así hizo, pero el cuervo iba volando ande se la llevaron y le iba luego a la Morro Choto a cascarle tó, por lo que la cría iba creciendo en compañía de la Morro Choto, y ésta se vengaba de ella, porque siendo rubia de bote como era la cría, le pintaba las cejas negras. Vamos, que la veías de refilón y te pegabas un siete de la ostia de lo fea que era.

Y así hasta que ya casi tenía 16 años: la Morro Choto se la llevaba al reino con charcos y la otra to happy de la vida, como fue la Morro Choto años antes. Pero llegó el día, y la guacha cumplió 16 años y fue a decirle a las cuidadoras (que la habían protegido desde que el rey mandó echarla a tomar por culo del reino) que se iba a ir al reino de los charcos, y las tontas de los cojones de las cuidadoras: nooooo, nooooo, noooooo prpplrlrlpr!! que tu padre nos dijo que te cuidáramos!! Y la guacha: ah copón! pero que tengo padre? pero si me dijisteis que estaba muerto! y las cuidadoras: pos no, estaba de parranda... total, que coge la guacha y tira echando ostias al castillo por mitad del piazo y cuando llega al castillo se mira en un espejo, y al verse las cejas, se posee y va derechíca a una rueca a pincharse el dedo (por lo de la maldición de la Morro Choto. No es que fuera sado, que seguro que también), así que se queda frita en el acto sin Valeriana ni na.

A todo esto, la Morro Choto ya va viendo que las cejas negras de la cría le ponen burraquilla, y tira corriendo al castillo a ver si puede parar el hechizo, pero llega tarde y la otra ya está con la baba colgando, por lo que piensa: pos el otro día vi que se cruzaba con un guacho... Voy a ver si el guacho le da un beso y a la otra le da gustillo y se despierta... Pues no. La guacha sigue con unos ronquidos que hacen temblar el castillo, así que la Morro Choto dice: ea, pos na, ala hija mía que te doy un beso y me voy, que me se quema el cocido... Y cuando le da un beso a la guacha se le abren unos ojos como platos y se despierta, porque resulta que es lesbiana también.

El resto del cuento lo típico: el rey lucha con la Morro Choto, pero acaba muriendo. La Morro Choto recupera sus alas y vuelve a ser happy, y ambas, guacha y Morro Choto, vuelven al reino de los charcos, y por donde van andando, del liquidillo que les van soltando los bajos a las dos, hacen florecer otra vez los plantujos, porque otra cosa no, pero las dos se tienen unas ganas...

Y como esto es un cuento infantil, ahí van dos moralejas:

1. Si quieres tener los morritos de la Angelina Jolie tienes que ser lesbiana y chupar mucho potorro. Si te esfuerzas, como hace ella, se te quedarán unos pómulos ideales y unos morros divinos de la muerte. Para los cuernos no hace falta que hagas nada, tarde o temprano te crecerán.

2. Nunca subestimes The Power of Tijetera. ¡Resucita a un muerto!


FIN